SOCIEDAD Y VARIANZA DE GÉNERO

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La sociedad en la que vivimos evalúa la diversidad de género a partir de una presunta naturalidad atribuida a la noción de género, que lleva a dos consecuencias fundamentales: por una parte, implica que deba existir siempre una correspondencia entre el sexo biológico, el género sentido y su expresión; por otra, que exista un único modo correcto de ser hombre o mujer y que cualquier experiencia que se aleje de la norma deba ser «realineada».  Se piensa, por ejemplo, que, por naturaleza, las niñas son más dulces, más empáticas, más tranquilas y reflexivas mientras que los niños, por el contrario, tienen una predisposición innata al contacto físico, al deporte y expresan de modo natural un temperamento más vivaz, temerario e incluso agresivo. En realidad, estas asociaciones no son naturales y dependen más de la interpretación que una determinada sociedad hace del concepto de masculino y femenino en un cierto momento histórico que de una realidad objetiva. De modo que la definición de lo que es adecuado para hombres y mujeres varía en función del periodo histórico al que nos referimos y del contexto cultural de referencia, que es el mismo que establece qué es lo que se debe considerar normal y qué se debe considerar una desviación (o patología).  En algunos grupos sociales, las personas que no se identifican con su sexo biológico, como sucede, por ejemplo, en el caso de los two spirits americanos, no solo son reconocidos sino que gozan de algunos privilegios y de un cierto respeto dentro del grupo al que pertenecen.

Por el contrario, el pensamiento occidental está extremadamente estructurado sobre un binarismo que reduce a una serie de oposiciones aquello que, en la realidad, es algo mucho más complejo. Esto se observa de modo evidente en la interpretación de los significados que se atribuyen al género: nuestra sociedad reconoce solo dos categorías, la masculina y la femenina, y establece para cada una de ellas normas de comportamiento bien diferenciadas. Es un sistema muy rígido, con normas bien definidas, el que nos indica constantemente cuáles son los límites que no se deben y no se pueden superar, bajo pena de aislamiento social. En este sentido, es interesante reflexionar sobre cómo las solicitudes de intervención por parte de un/a especialista en edad prepuberal son mayores para niñ*s a quienes se asignó el sexo masculino al nacer con respecto a aquell*s a quienes se asignó el sexo femenino. Nuestra sociedad, rigurosa en el momento de determinar qué comportamientos son adecuados para nuestr*s hij*s, se hace aún más severa cuando lo que se pone en discusión es su masculinidad y los valores que esta representa.

Ser padres de un/a niñ* trans* exige, ante todo, una reflexión sobre qué quiere decir ser hombre o mujer (niño o niña) en la sociedad en la que vivimos hoy, sobre los significados que se atribuyen a los conceptos de masculinidad y feminidad y sobre los límites que estos suponen para todos nosotros. El objetivo no sería buscar respuestas, que a veces son sumamente difíciles de dar, sino ampliar, mediante un cuestionamiento de las fronteras del género, los espacios simbólicos y reales que contribuyen a establecer qué lugar ocupamos en el mundo.

Reconocer que el «problema» está en la sociedad en la que vivimos y no en el/la propi* hij* es el punto de partida desde el que cada madre/padre debería iniciar. Claro está que esta operación de deconstrucción no es ni simple ni inmediata porque desde siempre se nos ha dicho (y repetido) que únicamente se puede ser hombre o mujer en función de los órganos genitales observados al nacer. En cambio, la realidad es más compleja: la misma biología nos  muestra que, incluso por lo que se refiere a las características sexuales, no existen solo dos categorías definidas y opuestas entre sí sino una multiplicidad de variaciones congénitas dentro del espectro del sexo (variaciones anatómicas, cromosómicas, gonadales y/u hormonales), en el caso de las llamadas personas intersexuales. Obstinarse en no reconocer todas estas diferencias y en homologarlas siguiendo criterios binarios de clasificación (hombre/mujer, normal/patológico) no solo no permite describir correctamente la realidad que vivimos sino que puede ser considerado un verdadero acto de violencia contra quien, por un motivo u otro, no se siente representad* dentro de esta clasificaciónbinaria.

 

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